viernes, 27 de noviembre de 2020

Cuento Homenaje a Diego Maradona: Ma`sí, dale para adelante


 

Cuento del libro ´

De volea y al ángulo

Jorge Suárez Armillei 



¡Ma´ sí, dale para adelante!

 

Ya se sabrá porque abre los ojos ante la pregunta deseada por él a esa edad y porque emite esa candidez que estremece. Mientras la fascinación de su mirada deja traslucir para sí, imágenes tras imágenes: entonces ve que el Negro le da el pase (es el Negro, pero se parece a otro). Ve, que es uno más entre tantos pases que ha recibido en un partido de fútbol. Pero hay en él, y en el pase, un momento fijado, detenido, apenas unos instantes de sosiego, de concentración en medio de aquel vértigo (aún estático) que se le va apareciendo. Es un partido que no se parece a los encuentros que él, ya, ha jugado. Y él es él (pero también está cambiado).

Y la pelota no le llega. Es raro porque aquella bola tarda más de lo común. Y el pase del Negro viene limpito. Claro, él lo mira extrañado, como si se estuviera demorado en un espacio, en un vacío que lo hiciera más denso y más lento, y a pesar de todo percibe que ese balón viene cortando el aire bochornoso de la tarde. Siente (piensa) que es una pelota dada como quien da un apretón de manos o una caricia o un suceso o una señal que él, aún, no puede entrever.

“¿Pero por qué se me aparece esta jugada casi inmóvil en medio de un día de calor tan sofocante?”, se pregunta.

Como un chicotazo escucha el zumbido de las chicharras. Le surgen los picados en la siesta, con el verano a pleno, casi a la vera del Riachuelo. Y ése otro calor (el de la jugada inmóvil), le parece inicuo, trivial. Es una banalidad al lado de aquel calor que le sobreviene imprevistamente.

“¡Sí, aquellos picados!” evoca para sí, mirando al infinito.

Eran a las dos de la tarde. En un páramo casi a la vera de las vías del tren. Con la transpiración y la tierra ajustadas al cuerpo, curtido de intemperies, como una indumentaria deportiva hecha a medida. Protectora. O aquello que habían inventado, junto a otros chicos, con el Negro y el Beto, de jugar a oscuras cuando la niebla de la quema y la noche lo iban invadiendo todo, con ese hedor traído por el viento norte. Y él y sus amigos se divertían igual. Porque era gracioso adivinar en la penumbra a la pelota que se iba trasformado en una masa imprecisa, confusa. Y jugaban a ventearla, como la intuían, aquellos chicos desarrapados y mugrientos en medio de la alegría de un inmenso descampado suburbano. A oscuras. Porque jugar a tientas al fútbol tenía el sabor de lo indeterminado, de lo desconocido, de lo imprevisible como si algún director técnico inmaterial los estuviera entrenando y les indicara qué hacer en la invisibilidad de la sombras. Se acostumbraron a jugar y a adivinar el camino secreto de la pelota, como si fueran a predecir las ondulaciones del tiempo o del juego. Chicos haciéndose a pura intuición, chicos encantadores del movimiento y de los pases que serían como pequeños presagios del destino; tal cual lo que le sucede a él, ahora, en un hueco del tiempo, y en la fijeza de la tarde, con ese pase que espera del Negro, antes de responder al reportaje... Y le vuelve el olor lejano de la quema, que no lo deja salirse de una realidad a la cual no quería acceder hasta entender que significaba la visión de ese partido extraño. Porque él quiere evadirse de la niebla y de la quema que lo van invadiendo. Y regresar de esta manera a la jugada inmóvil.

“No me acuerdo de haber jugado nunca este partido ¿Y de quién será esta mirada fija que siento mientras viene el pase del Negro?”, se vuelve a preguntar.

Sí, porque hay allí una mirada, como una obstinación o un embobamiento. Él presiente que son muchos ojos que lo intimidan, que lo observan como quien percibe a una posibilidad. Lo miran, como quien mira a una presunción o a una liberación, que él le dará a esos ojos (que sospecha) llenos de asombro.

“¿Se asombrarían porque alguien juegue? No puede ser... Sí, tal vez será demasiado para ese montón de ojos que me miran”, se dice en una respuesta que lo sorprende.

Pero él, a eso, no lo puede comprender, y menos a esa edad.

Trata de volver. De volver a la pelota del pase del Negro y de sacarse de esta manera la mirada de encima.

“Éste es el momento”, se dice. Pero la pelota no le llega todavía en aquel día soporífero de calor e irresistible de luz. Se percibe perplejo. Porque al no llegarle la pelota aún a sus pies, aquel hecho lo incomoda, lo hace sentirse un poco desnudo. Desnudo ante ese mundo de ojos que lo sigue mirando y aquello le da un poco de rubor y de pudor.

- Pero ya va llegar esa pelota mansita a mi zurda, como siempre, - musita para sí - y ahí, sí, todos estos ojos y el mundo se borrarán y serán apenas un recuerdo.

Ese espacio en el tiempo aletargado, donde él se ve junto a la pelota, se le va pareciendo a un presagio, que no sabe si es bueno o malo. Pero lo que él sabía sin dudar, era que el BARBA (como le dice entrañablemente a JESÚS) siempre estuvo con él. Nunca lo había abandonado. Era como si él hubiera tenido un diálogo infinito con ÉL (con mayúsculas). Un diálogo íntimo, privadísimo, interior. Porque él siente que el BARBA soplaba su hálito para que él jugara, se divirtiera, y grabara gambetas como sellos futboleros o una marca, que se iría convirtiendo en la de él, y que quedará en la memoria de multitudes increíbles, soñadas, desconocidas. Sí, el BARBA, le daría el valor suficiente para enfrentarse sólo a un estadio abarrotado de espectadores, más de cincuenta mil almas mirándolo obnubilados. Ese valor que le dará ÉL (otra vez con mayúsculas) y las plegarias de su MAMI (también con mayúsculas) que le infundirán el impulso definitivo, el hálito que él necesitará para enfrentarse al destino. Él jamás se olvidará cuando todo aquel estadio lo aplaudirá y le gritará: que él, se quede, y que los profesionales, esperen. Cuarenta, cincuenta mil hinchas hipnotizados, cuando él hará un jueguito como un conjuro. En un campo deshabitado todo para él y su figura diminuta, que se agiganta, ocupando el centro de la cancha verde. Miles apretados en las tribunas, embelesados, mirándolo. Metidos en un juego incesante para que la pelota o el mundo (no lo sabía bien), no tocasen el suelo.

“Sí, ahora caigo, - reflexiona - eso es lo que verían o creerían ver cuando hago jueguito, es como si la pelota se fuese pareciendo al mundo, que flotaría por el aire, sin tocar el suelo o la realidad. ¡Y claro! Cómo los hinchas no irían a olvidar de todo y de todos, hasta de ellos mismos”, se dice maravillado

Pero no es solamente aquello, que por cierto es bastante, lo que él va haciendo: él va creando, desde su inocencia, otra realidad (que desborda). Una realidad jamás vista o jamás pensada en una cancha de fútbol, comunicada como un continuo e incesante brotar de símbolos futboleros: bicicletas, taquitos, sombreros, caños, voleas, chilenas, rabonas y palomitas. En definitiva, un sin fin único de creaciones simultaneas como un código secreto que él desplegaría a la vista de todos, que los hinchas y los otros jugadores siempre habían intuido en una cancha. O tal vez era un nuevo idioma hecho de jugadas que se irían nombrando con su propio nombre, el nombre de él. Resumiendo el viejo lenguaje del fútbol en un sólo lugar, en un solo chico, en un sólo tiempo para volver a expandirlo, renovado, y hacerlo aún más secreto a la vista de todos y... Las multitudes flotando con la pelota, suspendida, botando con las caricias de su pie izquierdo. Eso sentirían las multitudes, la suspensión de un tiempo que sería como estar liberados de la presión de la realidad o de la atmósfera o... Parecía muy loco todo, sería cómo un acariciar a cuarenta mil personas cada vez que él tocara la pelota o que ellas se sintieran acariciadas. Algo así debía ocurrir. Algo de aquello debería manifestarse en las sensaciones pero para él, siempre, todo era mucho más.

 ¿Por qué aquella idea no sería un principio de descubrirse y descubrir lo que les pasaría a los otros con él, cuándo lo veían jugar? ¿Aquella afirmación futbolera de un chico haciendo jueguito en medio de una cancha no debería ser una señal más del BARBA, qué siempre lo estaba sorprendiendo?

“Es como si me hubieran tirado una especie de pase o centro celestial que yo paré con el pecho, justo del lado del corazón, y todo esto me pasa a mí, que tengo un solo pantalón Oxford de corderoy turquesa para todo el año, un único par de zapatos con plataformas, un rancho en el sur, sin muchas pretensiones y sin grandes palabras. Sólo lo que estoy por decir ante esta cámara de televisión, cuando se me aparece ese partido extraño, y veo al pase del Negro que no me llega”, se dice como repasando mentalmente todo antes de responder.

Pero él es, en ese momento, uno más entre millones en Buenos Aires; y nadie le va a creer lo que le pasa, como tampoco nadie podía creer lo que él iba haciendo en una canchita de fútbol. Porque de todo aquello, lo increíble, lo inverosímil eran las realidades que se iban transformando lenta e inexorablemente en irrealidades, para un chico como era él. Y él se sentía el fútbol, y eso lo hacía trascender en campeonatos de barrio o los Evita, picaditos entre amigos, jugando con una papa, un pedazo de trapo, un bollo de papel, una goma, una botella o un cascote o jugaría con todo lo que había en el mundo que se pareciera a algo esférico o que él mismo, en persona, transformaría en esfera. Sí, tal vez sería eso. Él podía, en su alquimia increíble, transformar todo en algo redondo, creando de esta manera un mundo. Todo estaba teñido de aquel hálito que él intuía y que cada día agradecía, en secreto, al BARBA (y que otra explicación podría darse para sí mismo, sino esa, y, además, era lo único que necesitaba).

“Tengo tiempo todavía, tengo el tiempo necesario para ir pensando en todo esto”, se dice para sí.

Ahora, recién ahora, que esta pelota tarda más que cualquier otra, se da cuenta de que él siempre estuvo en otro tiempo, que él vive enteramente en una dimensión infantil del tiempo o del juego. Él mide el tiempo según las posibilidades infinitas del fútbol como pulsaciones o gambetas. Sí, el tiempo está medido por su fantaseo incesante de crear y de ver jugadas continuas y sucesivas. Mientras hace otra cosa o los deberes, los mandados o arma barriletes con su amigo el Negro... e implacablemente jugar al fútbol y a él esa inmersión en otro tiempo, le posibilita tener una dimensión del fútbol y del mundo, impensada. Como si él pudiera adelantarse a los pensamientos y a las condiciones físicas de sus oponentes en el juego, como un adivino de los movimientos, y dibujara otros, otros movimientos en un tiempo doble o triple: el de todos, el de él, y el del BARBA o vaya uno a saber qué. DIOS, infinitamente, lo ha provisto de ese brillo en los ojos que obnubila, candidez digna de ser llevada al estremecimiento, y es la que ahora exhala con su mirada antes de responder a la pregunta del periodista, que se le había aparecido, así, de improviso después de un partido. Sorprendiéndolo.

Pero lo que más lo fortalecía, a él, era esa sensación de ser invulnerable, casi impune con la pelota en sus pies, con su presencia en una pasión irresistible, abrasadora, en un campo de juego. Con su estampa inconfundible de contorciones que emanaban ese magnetismo innato ante el fútbol, que lo buscaba a él: cuantas veces se quedó pensando, de cara al cielo, con un pastito en la boca, repasando jugadas, y no entendiendo cómo la pelota lo buscaba con esa lealtad de mascota, de sombra o de satélite. No había tiempo. El tiempo para él estaba reñido al de un pensamiento común, como el de ese mundo de ojos que lo sigue mirando; piensa (siente) que son millones mirándolo, que siempre fue uno más dentro de esos millones de millones, y que ahora todos aquellos boquiabiertos no le sacan lo ojos de encima, mientras espera el pase del Negro. De repente quiso borrar esa visión apabullante. Pero él se ríe de todo eso (qué mejor respuesta que ésa, podía dar) y a ahí mismo saca la lengua, como una proa, o su mejor morisqueta de pibe marginal de un barrio del sur del Gran Buenos Aires, y se acuerda del Puente Alsina que sobre él había ejercido tanta fascinación.

“¡Pero qué tiene que hacer Puente Alsina acá en medio de este partido detenido!”, exclama.

El Puente era un acceso a otro mundo: cuando él lo cruzaba con su bolsito azul marinero y sus mismos y únicos pantalones de corderoy en pleno verano. Mientras su par de ojos miraban al Riachuelo como quien mira una frontera que debía cruzar. Acordarse justo ahora en medio de este partido de Puente Alsina, era como para volverse loco, pero retoma de volea esa sensación que le daba el cruce del Puente: era de aventura, era de lucha por un lugar en la tierra, por ser él (que ya era), era una posibilidad de gloria con su amada (la pelota) deseada en mil sueños, en mil noches, después del picadito en el descanso, mirando las estrellas inconmensurables junto a sus amigos el Negro, el Beto y los otros atorrantes que soñaban despiertos. Todos esperando que cayera una estrella fugaz y ahí así pedirle un deseo: justamente jugar el partido que él está jugando en esa detención del tiempo; y el calor que lo gana con bocanadas exasperantes, devolviéndolo violentamente a aquella realidad, que ahora es una circunstancia cierta y palpable. Como el asomo, inesperado, del gusto y del aroma inconfundible de aquella única porción de pizza paladeada entre él y sus amigos. Manjar perdido y restituido una y otra vez, sublime, que le daba el límite con la pobreza. Sí, y la evocación de aquella exquisitez degustada en un único mordiscón por cada uno de sus amigos que él lo asemejaba al reencuentro con el misterio de Puente Alsina.

¡Cuántas cosas que le iban pasando simultáneas! Pero la realidad era que él sólo entendía a su mundo. Un mundo que siempre estuvo en su cuerpo y que lo había llevado a sus pies, a la armoniosa aurora que emitía su estampa petisa, retacona: fuera de todo molde, de todo arquetipo, de todo estereotipo y… “Enano”, le habían dicho, “éste es un enano” (porque no le creían la edad que tenía para jugar al fútbol); y él se reía de los que le decían aquello, y qué otra cosa podía hacer.

“¡Sí supieran todo lo que tengo en el corazón y en todo lo que soy!”, se dice para sí.

Y, en ese momento, se acordó del Bocha y no supo por qué. Aquel jugador que lo había cautivado desde su ignota cabecita de nene en una tribuna, gigante, en esos partidos de la Copa Libertadores de América; y no le alcanzaban los ojos para mirar al estadio iluminado como embadurnado con esa pátina de misterio nocturno, que a él tanto le gustaba y que le parecía asistir a un acto histórico ineludible, legendario. Partidos que iban a quedar en la memoria de él mismo y de los hinchas, qué era lo más importante después de todo.

El Bocha lo gana con su fisonomía tan particular, chaplinesca, y con su forma de andar como pisando huevos, con sus amagues de prestidigitador, y que él ahora reflexiona, cuánto aprendió de aquel jugador, que en ese mismo partido (el de la jugada del pase del Negro) él presiente que el mismísimo Bocha forma parte de su propio equipo, algo que no puede entender, pero que le parece tan real.

“¡Pero cómo tarda la pelota, que ya tendría que estar acá, la veo venir pero hay algo que la demora.¿Seré yo?”, piensa.

Ahora, la pelota se va abriendo paso entre el calor y lo inexplicable de su lentitud, y él ya está por pararla y darse vuelta. Intuye que cuando tomara contacto con aquella pelota y cuando se diese vuelta con el balón dominado en el pie zurdo, no habría retorno: “¿pero retorno a qué?”, se pregunta.

Entretanto el fragor del partido comienza a acelerarse y va tomando el ritmo normal de todos los partidos. Él va a buscar la pelota para armar la jugada y siente la insistencia de ese mundo que lo mira, pero el mundo que él tiene es la pelota. Porque él y la pelota han sido una realidad que se parecían a una ficción, a un ensamblaje del destino que él ha adquirido, pero que jamás se había preguntado por aquel misterio que lo iba rodeando, desde que él era, precisamente, él: un chico de barrio que jugaba al fútbol. Nunca supo por qué le había tocado aquella condición, aquel destino, aquel avatar; todo le sucedía porque le sucedía, sin más. Siempre lo habían visto como algo fuera de la realidad, pero, a la vez, eran tan real, que a veces lo subestimaban, porque él ya se iba transformando en un asombro cotidiano. Era indiscutido que él no podía despegarse de sí mismo para entender por qué, de última y de primera, él era él, y nadie le podía decir lo contrario.

Ahora, que le llegó el pase del Negro, esta girando sobre su mundo o sobre la pelota que para él es lo mismo. El mundo a sus pies ante el otro mundo de ojos que lo mira: atónito. Tiene que encarar, como lo ha hecho siempre, sin arrugar, con la valentía que le han infundido tantas partidos o batallas, cuando salían a pegarle o a admirarlo o ambas cosas. A veces, no sabía bien si los contrarios no tenían los dos sentimientos contradictorios sobre él, que lo único que quería hacer en la vida, era jugar. Claro, el mundo no podía entender que todo para él sería un juego, a veces se tornaría algo intolerable para ese mundo y el mundo se enojaría o no con él, si él jugaba con el mundo. Muchos lo entenderían y lo seguirían hasta el infinito, que para él era esa amalgama de fútbol cotidiano, de fútbol a toda hora, del rugir de las multitudes imaginarias o de los pibes jugando en una canchita perdida en cualquier lugar del planeta. Un mundo que pocos entendían. Sí, fue necesario nacer en un arrabal, porque así entenderían que desde allí saldría la esencia del fútbol, como una luz nueva que no se apagaría jamás. ¿No se apagaría jamás? No, no se apagaría. Porque él veía, como un niño, qué lo único que quería era jugar desesperada y tranquilamente al fútbol, y decirle al mundo: qué eso era infinitamente más transformador que todas las teorías y los poderes inventados para justificar al propio mundo. Sí, aquel mundo lo vendría a buscar o ya lo había buscado y también lo tendría que gambetear, como siempre, encarándolo.

Ahora, ya está cruzando la mitad de la cancha, él viene a buscar la pelota muy atrás. A él le gustaba arrancar desde el fondo, desde la función de un zaguero central o tal vez de un centro half: “desde atrás de la cancha uno siempre tiene mucho más panorama”, siempre lo ha dicho.

Sí, a él le habría gustado ser defensor central porque desde allí podía ver todo el campo, como una inmensa llanura o un mar (jamás visto) que se le abría inconmensurable. Era tener una sensación mayor de libertad, como para poder avanzar con más panorama, con mayor visión. Y sobre todo inventar aperturas de jugadas, una sucesión de movimientos tácticos, como si fuera un gran ajedrez humano, que él manejaría a su antojo o, tal vez no, una jugada que hilvanaría hecha a pura presunción con otros chicos o muchachos. Claro, el fútbol tenía mucho de racional pero a él le gustaba la imprevisión, toda la sorpresa, toda la intuición, como jugar al fútbol en medio de la noche tal cual lo había hecho en su barrio, allá, en el sur del Gran Buenos Aires, cerca del Camino Negro. Sí, el Camino Negro se le aparece imprevistamente, el Camino... tiene un horizonte que todavía posee mucho de pampa, de ilimitado, de una sensación de libertad que crecía en su cabecita de nene cuando miraba aquel espectáculo que lo abrumaba. Tener todo la cancha o el campo o la pampa para jugar, para liberarse de ese mundo (que lo sigue mirando embobado) y de sus limitaciones, de sus opresiones, del frío y del calor dominando la casa del sur suburbano. Un rancho digno de chapas que se goteaba con la condensación o cuando llovía; y le sobrevenía el escalofrío de dormir mojado, sintiendo que el calor del cuerpo se concentraba esperando al amanecer para tomar un mate cocido caliente. Y él escuchaba el sonido en la madrugada: una débil luz que rondaba la cocina a tientas para no hacer ruido y no despertarlo a él y a sus hermanos. Y la lluvia y el frío asediando... Mientras su padre, en un silencio reverencial, salía rumbo a la fábrica en el mundo quieto de la madrugada. Él jamás había entendido como alguien podía habituarse a vivir levantándose a esa hora y después tener buen humor o no tenerlo, y que le volara una cachetada. Pero él lo entendía al Papi, sabía de su sacrificio y somnolencia casi perpetua. Cuando todo cesaba, y el Papi ya se alejaba con el último sonido de la puerta de calle, él rezaba por aquel que era engullido por la madrugada, donde todo tenía el sentido de la niebla del Riachuelo o de la lluvia o el olor de la quema o del rocío que hacían resbaladizas las calles de barro. Y un disparo lejano y seco rayaría el alba, y el miedo que le sobrevendría con el silencio o con los gritos. Y él se dormiría pensando y rezando en que todo saldría bien. Y a la siesta volverían a estar juntos con el Papi. Mientras la vida tendría ese nuevo regusto diario de la familia y del fútbol jugado sin límites, desaforada y alegremente sin límites. Y la tarde vendría con el magnetismo cotidiano del potrero, volvería a tener, como siempre, esa sensación inaudita de encontrarse con la pelota, y con los mismos gestos que armarían un ritual infinito del pan y queso. Y, a él, lo elegirían primero para formar el equipo. Y él, desganadamente, con un poco de vergüenza, diría que sí, y que tal vez ya lo llamarían por el apellido como un signo de respeto o de admiración o de algo que él no comprendía pero que comenzaba a hacerse evidente ante una realidad inocultable, que él empezaba a tener para los otros: un espacio, una imagen, como una rúbrica, tenía un apellido que empezaba a recorrer las bocas, los gestos de admiración de propios y extraños, y lo nombrarían como quien nombra a un alguien. Sí, él empezaba a sentirse un alguien en medio de su infancia y de un mundo que no comprendía, ¿él con 10, 11, 12, 15 o cuantos años, una personalidad, un alguien? Pero él se reía, a escondidas (tapándose la boca con la mano ahuecada) de todo aquello, porque justamente para sí: él ya era un alguien al margen del mundo y de todos, pues todos somos un alguien le había enseñado el BARBA y, esto sí, que lo haría trascender aún más que el propio fútbol. Y él se reía a escondidas hasta llorar y quedarse sin aire.

- El tiempo no existe para mí -musita- por lo menos cuando juego al fútbol, como existe para toda esta gente, que ahora me mira.

Sí, él, inocente, desesperadamente inocente y con una autoridad que ya parecía excederlo en las situaciones que protagonizaba.

No, todo era un invento de sus sueños infantiles, todo aquello tenía algo de inexplicable, de incomprensible, y se le mezclaban aquellos otros medios días pasados con ese sol intolerable y cenital de la visión del partido detenido que tenía mucho de insólito, y al que él ya se iba acostumbrado. Porque para él no había nada de ajeno, de insólito o de extraño en una cancha, y eso que había ido a muchas, y todas las que aún le faltaban. Pero un reflejo de luz lo devolvió a la lentitud del mediodía; y la pelota venía sencillamente a posarse en él con una mansedumbre incalculable, con algo de paloma, que el hecho de verla así, lo estremeció. Sintió (pensó) que aquel nuevo encuentro no sería el mismo que él de antes. Tenía todo: era el acceso o la apertura a una nueva dimensión futbolera. Era como un acto inaugural que abriría infinitas puertas; y él se pregunta, si podría asimilar aquella presunción y comprender a esas puertas entreabiertas que, desde allí en más, tendría que cruzar, como si fuera un laberinto de imágenes o de espejos que reflejarían su propia figura; y esas imágenes serían proyectadas en las ahora millones de millones de pupilas que lo seguían mirando. Dejó que todo aquello discurriera lentamente, que se fuera diluyendo en el sopor de la tarde y trata volver al partido para jugarlo de una buena vez; y todo volvía estar en un paréntesis del tiempo, que él ahora entendía o no, o no le importaría entenderlo. La cuestión era que estaba en el baile y había que bailar hasta con la más fea, como siempre le había dicho el Papi, pero había que bailar. Él no rehuiría jamás un enfrentamiento, una guapeada, una audacia, le gustaba la temeridad por el sólo hecho de que él sabía quien era él. Era esa seguridad cándida e inaudita que transmitía y que él no podía ni quería dominar. Como ahora que está por responder la pregunta ante el ojo de la cámara que lo mira, impávido, y ahí entiende que todo está por comenzar.

Ya con la pelota dominada encara, casi con displicencia, a los dos adversarios que lo salen a marcar casi en el medio de la cancha. Cuando él gira sobre su propio eje como un trompo, como despegándose de la inmovilidad o del letargo de aquel medio día. Pero ese eje es su propia pierna zurda qué él mira. La mira con el asombro de quien no reconoce su propia pierna y la había visto tantas veces, obvio que era su propia pierna, ésa que lo ha acompañado desde siempre, desde que jugaba en pata en el campito de atrás de la casa y que un día, ahora se acuerda, justo cuando estrenaba las zapatillas Pampero una espina se la había agujereado y la Mami casi lo mata... Durante el giro ve que el entorno era una masa confusa, indeterminada. Piensa que está en alguna otra cancha, tal vez en el Parque Saavedra, en las Malvinas Argentinas, en Ezeiza, en las Siete Canchitas o en la Candela, qué lindo era ese nombre, y después de mucho tiempo (dos o tres años) supo que quería decir la luz. O estaba girando en cualquier otra cancha. Y mientras gira, en un gesto tan de él, va sacando la lengua.

Ya empiezan a quedar atrás, ante su rotación, los dos que lo habían venido a marcar en el medio de la campo; y acelera, claro, tiene cierto espacio, y, por qué no, tiempo. Siente (piensa) como si esa aceleración no proviniese de él mismo, sino de otro lugar. Algo que lo va impulsando hacia adelante, es un viento frío. Esto no se lo podía explicar así mismo y en medio de aquel partido menos. Pero él podía hacer esas cosas, porque para eso él era él, y nadie lo podía comprender, como todo aquello que le va pasando en diferentes tiempos, que para él son segundos detenidos o vertiginosos superpuestos y que para los demás son tiempos muertos o pedidos en la memoria.

A ver: ¿cómo explicar ese viento frío que se le apareció en medio de aquel día bochornoso de calor? Es como si un túnel de aire frío hubiese perforado el centro del aire denso y pegajoso de las dos de la tarde. Sí, y las sensaciones que le vienen con el frío son una mezcla de euforia y de angustia, que le ponen los pelos de punta, siente que aquel aire liviano viene cargado de aliento, un clamor que le canta como una letanía: “Qué él, le diera para adelante, qué con él, en aquel arranque, iban miles.” “¿Miles de qué?”, pregunta en medio de la aceleración. “De ojos”, le responden.

Son ojos que lo miran emocionados, entre los millones de los otros ojos. Aquellos ojos emocionados son diferentes, tienen algo que lo conmueven; y, en esa sacudida, él entiende la importancia de lo que está por hacer. No tanto ya para él, porque para él no es que todo era igual dentro de una cancha, sino que él tomaba con otra dimensión las cosas que hacía jugando al fútbol, muy distinta que para los demás, después, afuera de la cancha sería otro cantar. En medio de ese aire frío, siente que las miradas, provenientes desde allí, son cálidas, más cálidas, que las demás, que lo siguen mirando. Pero es una corriente de calidez procedente del mismo centro del frío. Es algo que lo va llevando a una concentración sobre sí mismo, a sus momentos más sentidos, cotidianos: como cuando él se quedaba extasiado mirando al Papi pescando en la costa correntina del río Paraná o se reunía alrededor de un asado con amigos en el fondo de la casa; y tomaban cerveza o vino en esos jarros de aluminio rezumantes de transpiración, y estaban acuclillados cerca de la parrilla comentando partidos o anécdotas de pescadores o chistes. Y él se mira en esa escena con calidez, y es esa misma calidez la que le llega desde centro mismo del aire frío, desde las mismas miradas de los muchachos que estuvieron siempre con él, infinita y cálidamente con él. Y eso lo envalentona de una manera increíble, lo vuelve a una realidad crucial, porque ahora que lo piensa bien, tenía esas miradas a cuestas que lo impulsan, sí, y que lo alientan, también. Pero esas miradas son una responsabilidad extra, que él, hasta ese momento, no las ha tenido en cuenta, al menos dentro de aquel partido, que se le fue apareciendo de esa manera un tanto alocada antes de responder al periodista y antes de mirar a la cámara.

“¡Qué cargado está este partido, carajo!”, grita para sí.      

Pero él se tranquiliza porque debe serenarse y ya le queda poco; faltarían unos sesenta metros, nada más. Claro, uno dice sesenta metros y qué son sesenta metros en el mundo, nada, y aquí lo son todo. Él piensa en su cabecita de nene, cuántas cosas que hay dentro de una cancha fútbol y que él jamás se había dado cuenta de todo aquello.

“Porque para mi jugar es lo más importante a pesar de que la cancha esté cruzada por todo esto y mucho más -se iba diciendo-, pero la mirada de aquellos muchachos...”

Siente un escalofrío merodeándolo en aquel arranque en el campo contrario, y se le aparece una estepa rodeada de mar, una planicie llena de caras agarrotadas de frío, un humo denso como una mortaja, ve la desolación y el abandono en medio de aquello. Se ve así mismo o ve al Negro o al Beto o a todos, abandonados y ausentes. Ve a madres, miles de madres pidiendo, rezando por aquellos que lo alentaban desde las miradas cálidas en medio del frío. Todo lo atravesó y lo impulsó aún más, porque, ahora sí, todo sería aún más. Aquel partido era aún más que cualquier otro.

“¿Pero qué será todo esto?”, se pregunta.

Él hace ese gesto tan de él, ese menear de cabeza y la boca tensada hacia las comisuras labiales, y deja ver sus dientes como pequeñas cuentas resplandecientes, y larga un insulto como una descarga, y ahí sí, se dice, lo que él siempre se dirá así mismo en todos los momentos cruciales, que no ha vivido, pero que ya vendrían y, ahora más que nunca, se grita interiormente:

“¡Ma´sí dale para adelante!”    

Porque la cosa no estaba para reflexionar tanto, sobre todo porque ahora venía lo más difícil, eran esos sesenta metros finales.

Y, por fin, engancha con la zurda hacia adentro, en una maniobra que deja en el camino a un rival más, que lo salió a atorar desmañadamente. Pero él con un saltito casi displicente y con la nergía del aire frío y de las miradas cálidas, toma una velocidad inusitada. Ahora, ya veía lo que iba venir: el tenía esa sensación mientras corría y sentía el contacto con el fútbol, de que aquello ya lo había vivido. En realidad, todo, lo que le iba pasando era como un recuerdo que venía de un tiempo venidero. Justo antes de hablarle a aquella cámara que tomaría su imagen y a su candidez que sería reproducida hasta la perpetuidad, que conmovería a generaciones; y la pregunta increíble para su edad hecha por aquel periodista inconsciente de lo que estaba haciendo... Ahora, le vuelve la tensión de llegar a los últimos metros y él, ya en tres cuartos de cancha, sintió que aquello se le parecía a un partido jugado en la cancha de Fénix y que, ahora, veía la misma jugada o similares desde diferentes momentos, ángulos y lugares, y en todas había arrancado desde muy atrás. Se acordó de que en una jugada parecida a la que se fue apareciendo, la estaba jugando en un estadio gigantesco y antiguo, como una especie de templo medieval donde habían metido una cancha de fútbol. Era algo que más que una visión, era como un sueño, un estadio que tenía sus cúpulas tapadas por una niebla densa (que no se parecía a la del Riachuelo) y donde el sol parecía un recuerdo inconcluso; y vio un calcó de la jugada que está haciendo, ahora, en la tarde calurosa. Mientras la voz penetrante de un chico, le surgía desde algún lugar en su cabecita de chico también, le pareció que era su propia voz, que le advertía: “¡Tené cuidado!”.”¿Pero cuidado de qué?”, se preguntó con cierta desesperación porque todo aquello ya no era normal.

¡Sí es que había algo de normal en todo lo que le iba pasando! Pero que él normalizaría a lo largo del tiempo como una nueva cultura futbolera que irrumpiría, no se sabía de dónde ni por qué. Mientras le resonaba aquella voz penetrante, él se iba metiendo en el área grande adversaria, porque ellos (los contrarios) dudaron; y claro, lo que su propia presencia imprevisible empezaba a sembrar, entre los contrarios, eran grandes dudas. Ni que hablar si lo empezaban a subestimar, aunque los contrarios ya lo iban conociendo (esto es también una manera de decir); porque él sabía que ante la confianza o la subestimación o las dudas de los rivales, él, era letal. Y eso, que le estaba sucediendo en ese momento de aquel partido (la duda del último hombre de ellos), le posibilitaba seguir avanzando para terminar la jugada; y un compañero de él (el wing izquierdo), al que no reconocía, iba abriendo la cancha y le va marcando el pase final para definir la jugada en gol, porque no podía terminar en cualquier otra cosa todo aquello, sino en gol. Y, ahí, se acordó de la vocecita aguda de aquel chico, como un clamor, que le advertía qué tuviese cuidado de no repetir la otra definición frustrada de la misma jugada (porque todo parecía serla extensión de una misma jugada hecha en diferentes tiempos y espacios), que él crearía en aquel templo medieval neblinoso del sueño y que ahora, que veía bien, le parecía que eran los mismos rivales del partido detenido del pase del Negro.

Aquella duda de los contrarios era un desafío que aprovecharía rápidamente. El último hombre (el líbero), que quedaba antes del arquero, decide salir a cortarle la marcha; pero él, con ese envión del viento fresco del sur, se sentía otro y el de siempre, junto a la calidez de las miradas de los muchachos en medio del frío. Entonces, se abre hacia la derecha del área grande (hacia fuera) y lo deja atrás (al líbero). Y, otra vez, la voz del niño remota pero cercana a la vez. Una repetición ilimitada que le cala el cerebro; y él se dice, que no puede distraerse, y que cree entender lo que le advierte. Mientras ya tiene en vista al arquero (de frente) que le sale a achicar el ángulo de tiro. Él le amaga hacia la izquierda (hacia adentro) y sale hacia la derecha, dejando desparramado al arquero y ahí, sí, la toca al gol, mientras siente un patadón artero; era uno contrario desesperado que volvía a marcarlo. Mientras se cae, sigue escuchando la voz del niño que le va gritando: que le hizo caso y que definió bien, como se lo dirá alguna vez.

Y el delirio del festejo con el Negro y los otros. Y aquellas miradas cálidas de los muchachos se hacen voces como trompetas que le llegan desde todos lados. El estadio donde está jugando se le aparece por primera vez y es gigantesco, ahora puede distinguirlo. Trata de sacar su mano para hacer señas de victoria ante la montonera de compañeros que lo abrazan y se ve corriendo y festejando con su boca redonda, boca proyectada en todos los ojos que lo están mirando, y ve dos soles casi cenitales sobre la cancha, (con razón siente tanto calor) detalle que no puede entender, y de vuelta se ve agradeciéndole al BARBA en miles de estadios, de potreros y de descampados, gritando y saltando como un desaforado.

Entonces:

Escucha una pregunta que lo trae a una realidad casi estática, pero increíble:

 -¿Cuál es tu sueño, Diego?-, le preguntó el periodista

- Mi sueño es jugar en la selección y salir campeón mundial con Argentina -, respondió.

Y Diego se fue a bañar, y salió con ese candor inalterable en los ojos y su único pantalón de corderoy turquesa y el bolsito marinero azul para cruzar, otra vez, Puente Alsina rumbo a Fiorito.

 

 

A Diego Armando Maradona (el Pelusa) y a todos los hinchas del fútbol, en especial a los argentinos.

Fuente de Datos: “Yo Soy El Diego” (de la Gente)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 20 de octubre de 2020

¿Cómo hacemos nuestro libro?




 

Seminario Taller Virtual

¿Cómo hacemos nuestro libro?

 

El Distrito Escolar de Lanús y la Fundación PUPI (Proyecto Libros Solidarios y Punto Digital) organizan el Seminario taller (en forma virtual) ¿Cómo hacemos nuestro libro?

Destinado a docentes referentes de las escuelas primarias de gestión estatal incluidas en el proyecto de promoción de lecto - escritura ¿Querés que te cuente? del Distrito Escolar de Lanús.

El seminario taller, dictado por capacitadores de la Fundación PUPI, tiene como objetivo conseguir que la escritura y el objeto libro sean más accesibles y atractivos para los estudiantes y docentes. Y para lograr esta meta, no hay mejor manera que los docentes y los chicos construyan sus libros en las escuelas. Labor que realizan en los talleres literarios donde se integran: las lecturas, la idea original, el tema, el género literario, las técnicas de escritura y, en un futuro, la edición digital de los textos.


 En la capacitación, se expondrán concepciones de la industria editorial y herramientas de tecnología digital sobre la edición y diseño de la forma, y, por consiguiente, del contenido del libro. Se estimulará a que los docentes utilicen, junto a los alumnos, los conocimientos sobre edición cuando construyan el libro ¿Querés que te cuente? 2021 que será impreso por el Proyecto Editorial Libros Solidarios de la Fundación PUPI.

Para tal fin, se expondrá una parte teórica conceptual sobre definiciones de qué es un libro, tipos de libros, línea editorial, rol del editor, del diseñador y partes del libro entre otros temas. Y una práctica donde se utilizarán las herramientas digitales del programa Word para el diseño de las partes internas y externas del libro.

Estamos muy agradecidos y satisfechos de seguir trabajando en conjunto con el Distrito Escolar de Lanús para producir el libro ¿Querés que te cuente? 2021. En una nueva etapa donde se agregará a su producción, en cada taller literario de cada escuela, la edición. Desarrollando, de esta manera, un avance significativo en materia de conocimientos en la construcción integral del objeto libro.  


miércoles, 1 de julio de 2020

Conocer. Aprender. Hacer.

                                             
                                           


Damos a conocer el taller: Conocer. Aprender. Hacer. de nuestra colaboradora del proyecto Libros Solidarios la Lic. Natalia Silberleib. 
Creemos que es un aporte importante para todos aquellos que trabajan en la promoción de la lecto-escritura. Gracias. 


¡Hola! Te contamos que volvemos con nuestra propuesta, renovada y ¡virtualizada!. 
El taller está estructurado en cuatro clases durante las cuales analizaremos el concepto y el objeto "libro de artista" para luego desarrollar proyectos de los asistentes o trabajar en ideas que se presenten en los encuentros. 


El taller está dirigido a público en general pero puede resultar muy útil para artistas, curadores, editores, fotógrafos, ilustradores,diseñadores, escritores, investigadores y... curiosos!

La modalidad es virtual por lo cual ampliamos nuestras fronteras desde Buenos Aires, la sede central de un libro es un libro.





unlibroesunlibro

Si querés más información, escribí a unlibroesunlibro@gmail.com o al whatsapp +54911 40797249


¡Ojalá te sumes!
Natalia Silberleib






jueves, 28 de noviembre de 2019

Muestra de Libro de Artista o Experimental 2019




 El lunes 25 de noviembre, en la Escuela Nº 15 de la Lanús Oeste, se llevó a cabo la muestra anual del Proyecto de Libro de Artista o Experimental impulsado por la Fundación PUPI, a través del Proyecto Libros Solidarios. Esta muestra es la 3º consecutiva ya que el Proyecto de Libro de Artista o Experimental se implementó desde 2017 en varias escuelas, jardines y escuelas especiales de educación pública del Distrito Escolar de Lanús. Participaron los Jardines: 913, 929, 932, 947 y 947. Escuelas Primarias: 3, 11, 23, 31, 39, 41, 48 y 57. Y los docentes de todos los niveles de la Fundación PUPI.



 En la muestra se presentaron la producción del año 2019, que realizaron los establecimientos educativos, liderada por los docentes de plástica de las escuelas primarias y en el caso de los jardines por los docentes de grado.

En los stands se pudieron observar diferentes tipos de producciones y se plasmaron las posibilidades creativas e innovadoras que brinda el libro de artista o experimental. Se expusieron desde performance pasando por intervenciones de libros en desuso, con diseños digitales, maquetas de barcos que contaban la historia de una película con fotografías, audio libro, libros que eran realizados a partir de texturas con materiales reciclados, juegos cromáticos y con objetos adosados a las hojas, obras con fotografías de los niños realizadas con tabletas digitales, libros desplegables, diseño de textos en cajas que se desmontan y cuentan una historia, recetario de cocina adosado a discos de vinilo que hacían de hojas, entre otras producciones.



 Cada establecimiento escolar contó como fue el proceso de producción a partir de la idea generadora hasta su concreción o finalización. En síntesis, la muestra viene cada año produciendo mayor cantidad de realizaciones y, en cada proyecto, se nota claramente que la elaboración y el diseño se van perfeccionando. Ya que en cada muestra hay un cruce o encuentro muy interesante entre el libro artesanal y las innovaciones tecnológicas 
digitales aplicadas a los obras de este tipo. 































viernes, 8 de noviembre de 2019

¿Querés que te cuente? Volumen XXI



 El proyecto ¿Querés que te cuente? ha editado el volumen XXI de la colección de textos escritos por los alumnos de las Escuelas Estatales del Distrito Escolar Lanús. En este libro el tema ha sido los Derechos de los Niños. 



La Fundación PUPI, a través del Proyecto Libros Solidarios, ha contribuido a la impresión de los 500 ejemplares que se donaran a los niños autores de los textos y a las bibliotecas de las escuelas participantes de nivel primario, jardines y especiales. 


La presentación se está realizando los días 5, 7, 12 y 14 de noviembre en las escuelas primarias 15, 57, 53 y 42 respectivamente.


El proyecto Libros Solidarios contribuye a la promoción de lecto escritura apoyando financieramente esta iniciativa pedagógica que ya lleva más 21 años en el Distrito Escolar Lanús  












miércoles, 30 de octubre de 2019

Evaluación de Proyectos de Libros de Artista




El 21 de octubre se llevó a cabo, en la Escuela Nº 41, la reunión de evaluación de los proyectos de Libros de Artista que están desarrollando las escuelas primarias, jardines de infantes y la Fundación PUPI. Participaron del encuentro docentes de plástica, de lengua y directores de los establecimientos involucrados en el proyecto que se lleva a cabo en el Distrito Escolar de Lanús por iniciativa del Proyecto Libros Solidarios de la Fundación PUPI.


La evaluación de Libros de Artista fue supervisada por la Lic. Natalia Silberleib capacitadora de la Fundación PUPI. Hubo un rico intercambio de experiencias y se pudo ver la gran diversidad de proyectos en marcha.
Es de destacar la participación de los docentes de la Fundación PUPI quienes presentaron los proyectos: de audio libro, un recetario de cocina (Proyecto Mamá Amor), un libro artesanal sobre deportes, entre otros.



Las escuelas participantes del evento fueron: 
Jardines de Infantes 932, 944, 929 y 913. 
EP: 41, 23, 46, 3, 39, 57 y 31. 
 Para el 25 de noviembre se quedó en realizar la muestra anual de los trabajos ya finalizados en la Escuela Nº 15 de Lanús Oeste.